
Nuestras vacaciones este año estaban programadas por el sur de Francia, una serie de ciudades y pueblitos en los que pensábamos compatibilizar playa y cultura.
Alcanzamos a visitar Foix, Perpignan y Narbonne.
Al cuarto día se produjo un episodio que marcó el resto de las vacaciones.
Salimos de Narbonne ya al finalizar el día y con destino a Sete. Buscando un área de descanso para caravanas en la autopista se hizo demasiado tarde, a las 23h, decidimos parar en una en la que había unos cuantos camiones.
A las 6 de la mañana nos despertamos con la puerta del habitáculo abierta de par en par. Nos robaron un equipo de fotografía semiprofesional valorado en más de dos mil euros, un portátil nuevo, el GPS y unos trescientos euros en metálico (alguna otra cosilla como gafas, etc. Dejaron la documentación, las llaves y la VISA. Su manera de operar fue la siguiente, cortaron con un cúter las gomas de los dos cristales triangulares de la cabina y a través de ellos llegaron a mi bolso que estaba en el asiento del copiloto, ahí estaban las llaves con las que abrieron la puerta. Muy a mano tenían el portátil y la bolsa con la cámara y los objetivos. Tengo que decir que todo estaba oculto a ojos del exterior por una cortina que cierra la cabina. ¿Lo peor? nosotros estábamos durmiendo y no nos enteramos de nada por lo que creemos que nos hicieron inhalar algún gas narcótico. Fue en nuestro 4º día de unas vacaciones programadas para 15. El disgusto fue morrocotudo, no tanto por lo robado sino por habernos sabido indefensos ante unas personas que podían habernos hecho cualquier tipo de daño.
A partir de ahí, sin cristales, asustados y agobiados, decidimos dejar Francia e ir a Andorra a reponer lo robado. Dos días allí, con un calor tremendo, nos dedicamos a pedir presupuestos, buscar, comparar y finalmente comprar. Agotados por la falta de formalidad de ese comercio andorrano que ellos denominan “libre” y que parece sinónimo de trapicheo sin la mínima pizca de seriedad. En cuanto tuvimos todo, nos largamos de allí.
Completado el tema de “reposición de lo robado”, nos quedaba reponer los cristales de la auto caravana, así que tomamos rumbo a España en busca de un concesionario FIAT.
Lo encontramos en Figueras y fue allí donde encontramos los cristales, un día para colocarlos. Al recogerla se habían dado cuenta que un cristal estaba en mal estado, otro día de espera para cambiarlo. Decidimos poner la alarma en el mismo taller, cuando fuimos a recogerla por la tarde, se les había olvidado ponerla en una puerta, otro día de espera. También compramos unas cadenas para unir las puertas por dentro con un candado, que son tan tan grandes que pesan, DOCE kilos, verlas me provoca risa. Se trata de ponérselo difícil, si lo ven complicado, igual desisten (una que no pierde el optimismo).
Los días se iban sucediendo y sumando contratiempos. Al final, aunque fuese una tontería lo que nos sucediese, era una, más una, más otra y todas juntas parecían que el mundo se nos había puesto en contra.
Tengo que decir que durante los años que llevamos viajando en la “Chanchicar” jamás nos había ocurrido nada digno de reseñar, pero el episodio del robo fue dramático.
A pesar de que E y yo tenemos una comunicación constante de muy buen rollo y lo verbalizamos todo, enseguida buscamos una solución a un problema, tuvimos bajones, que por suerte, no fueron simultáneos y cuando uno estaba un poco más mustio el otro le animaba, pero fue chungo.
Roto nuestro plan francés y sin querer volver a casa antes de lo pensado, sobre el camino decidimos ir a la Expo de
Zaragoza. Compramos el bono de los tres días y rehicimos nuestro ánimo. El primer día, doce horas de expo, el segundo día, catorce horas. Ese segundo día pensábamos quedarnos al espectáculo nocturno, pero hubo tormenta y se suspendió el Iceberg y los conciertos de Dulce Pontes y Estrella Morente. Casi mejor, ya no podía ni pensar, me sentía muerta de cansancio. El calor fue tremendo y sólo las entradas a los pabellones con aire acondicionado hicieron algo más llevadera la estancia. Una de esas noches E, me invitó a cenar en la
parrillada que Uruguay tiene allí. Un restaurante situado en una zona privilegiada, con capacidad para más de trescientas personas y donde era imposible entrar sin hacer cola (llenaban todos los días). Me apena decir (soy uruguaya) que nos timaron como nunca. La carne no era ni la mitad de sabrosa que es en Uruguay, los platos escasísimos y tan caros que ni en los mejores restaurantes españoles te cobran esas cantidades por quedarte con hambre. Ya se sabe que en la Expo, todo es más caro, pero ya nos habían robado en Francia, aquí fue más sutil, pero igual fue un robo. Una vergüenza.
El tercer y último día de Expo ya estábamos agotados y algo desilusionados, así que después de comer, una nueva tormenta imprevista provocó nuestra marcha antes de lo planeado. Yo no había visitado la otra expo, así que no tenía referencias a la hora de comparar, pero lo que he visto no me impresionó ni me impactó. E, que sí visitó la expo de Sevilla dice que ésta última le gana por goleada.
Teníamos pensado dedicar un día más para visitar Zaragoza, ver El Pilar y la Seo, pero el agotamiento era tal, que pensamos dejarlo para mejor ocasión e irnos.
Poco a poco iniciamos viaje de regreso.
Paramos en La Guardia (Alava) donde visitamos
Sta. María de los Reyes, una iglesia gótica con uno de los pórticos más maravillosos que jamás he visto. Estábamos contentos, el pueblo de estilo medieval es precioso y la visita a la iglesia nos tenía de muy buen humor. Esta vez fui yo quien invitó a E a
una comida estupenda y un vino delicioso
, recomendación del dueño del restaurante.
Al ladito, un pueblo que se llama “El Ciego”, visitamos (es un decir, solo lo vimos de lejos) el edificio diseñado por Frank Gehry (el mismo del Guggen)
a encargo del marqués de Riscal, una verdadera joya de la arquitectura moderna.
Terminamos en Laredo, donde la suerte nos acompañó con un espléndido día de playa.

En fin, que después de tantos contratiempos y sin sabores durante más de quince días dentro de una auto caravana, ni E ni yo hemos tenido deseos de sacarnos los ojos y hemos conseguido que los mejores momentos de este viaje fuesen, sin duda, los que ambos nos proporcionamos.
De momento, no quiero ni pensar en la segunda parte de nuestras vacaciones, por ahora, solo quiero relax y reintegrarme a mis ocupaciones diarias con tranquilidad.
Han sido las vacaciones más traumáticas que hemos tenido y aún así, estoy contenta de no haber sufrido ni un rasguño.
Confío en olvidar pronto este episodio y que no marque viajes futuros.